En los últimos años han sido inacabables los esfuerzos por constituir una “verdadera” reforma de lo político, sus dinámicas, sus reglas y el marco legal que constituya un sistema que permita optimizar e impulsar la constante búsqueda de una mejor calidad de la democracia en el país. En esta última semana, el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski ha aprobado una serie de medidas que forman parte de un programa de Reforma Política.
La interrogante surge en el momento de definir hacia dónde vamos con la reforma, cuáles son sus alcances y limitaciones, de quiénes depende, si contribuye al tratamiento específico de la realidad. Las reformas se presentan como el cambio en la estructura organizativa y dinámica de los espacios en donde las personas complementen las normas institucionales en búsqueda constante y consciente de un fortalecimiento institucional basado en una democracia de ciudadanos.
¿Qué tanto conocimiento se tiene para emprender una Reforma Política en el Perú? ¿Cuál es la coherencia entre lo que se dice y lo que es? Mínimamente se espera que un pliego de reformas parta de un acercamiento al estudio diverso del problema a mejorar y los impactos que las medidas que deseamos aplicar sobre el mismo, sean los deseados. Los intentos de reformas políticas en el país han estado alejados de una interpretación coherente y consciente de las nuevas formas de hacer política y los contextos que han determinado las mismas.
El diagnóstico actual sobre los problemas que se traten con la reforma presentada por el Ejecutivo, se hace nuevamente repetitivo porque no se logra dar el salto hacia el reconocimiento y estudio, como tal, del nuevo paradigma en la democracia peruana: la redefinición de la estructura, dinámica y espacio de la política nacional.
El Ejecutivo ha mostrado una imagen mediáticamente aceptable pero que no cumple con lo pendiente. No se ha notado el consenso entre los espacios en el Parlamento donde se maneja una propuesta mejorada de lo que ha llegado a la Comisión de Constitución. No se trata de la ruptura radical e inmediata del status quo político sino de mejoras de forma y fondo político, que permitan complementar el deber ser de la ley con la realidad dinámica y organizativa de sus actores.
Las reformas demandan tiempo de trabajo, consenso, complemento, involucramiento y participación de los actores. Se necesita voluntad y responsabilidad política para no perder competencia y acción sobre la problemática. El punto de partida radica en ponernos de acuerdo de cuáles son los objetivos que queremos cumplir con las reformas y de qué manera vamos a tener éxito en ello.