Punto de Encuentro

En memoria

¡Cómo no recordar a Jorge Avendaño Valdez en los inicios de los turbulentos años 70’ del pasado siglo! Cuando la democratización de la Universidad estaba a la orden del día y el país se sacudía por una secuencia de cambios que apuntaban contra la sobrevivencia del viejo orden.

Independientemente de las actuales valoraciones, vivíamos una época convulsa que aparejaba esperanzas y confrontaciones muy duras. El país estaba polarizado y al lado de las innovaciones, las reformas estructurales –así las llamaban– y la apertura hacia nuevos conocimientos científicos, proliferaron también toda suerte de mesianismos, que cobrarían después terribles estragos.  

La propuesta de modernizar la enseñanza del Derecho que Avendaño enarboló, a la cabeza de un grupo de profesores, calzaba perfectamente con aquellos tiempos. Era menester superar formas anquilosadas, aprendizajes memorísticos e impulsar a la disciplina jurídica a vincularse con la realidad.

De pronto, el escenario jurídico –espacio conservador por naturaleza– fue objeto de críticas y disputas, no vistas con anterioridad. La postulación de un “derecho en acción” que respondiera a los estímulos del entorno y recogiera los puntos de vista de aquéllos ajenos a los privilegios –que el acontecer político nacional ponía en cuestión– inevitablemente instaló el conflicto en el mismo corazón de las aulas universitarias.

Lo académico dejó de ser tal y asomó la política. La reforma fue objeto de ataques de toda laya. Y en determinado momento esta ofensiva puso en peligro la renovación y amenazó con retrotraernos a paradigmas del pasado.

En esas dramáticas circunstancias conocí a Jorge Avendaño y coincidimos en la necesidad de defender lo avanzado. El movimiento estudiantil y la Federación –que por entonces conducía– depusimos nuestras diferencias legítimas y aunamos esfuerzos para resistirá a la belicosidad restauradora.

Y tuvimos éxito, pues no sólo se impidió la erradicación de las reformas. También se afirmó la democracia en el gobierno de nuestra Casa de Estudios.  Años después, transcurrida la vorágine, nuestra Facultad de Derecho ha devenido emblemática en el contexto académico peruano. A posteriori se viene a demostrar que los empeños por innovar la enseñanza, la indeclinable búsqueda de la excelencia académica, con el mayor respeto a las diferencias, que el auténtico ejercicio universitario exige, fueron la simiente de un desarrollo y concreción que nos hace sentir orgullos a todos, casi sin excepción.

Jorge Avendaño fue el adalid de esta transformación, en un período proceloso, complicado y pletórico de antagonismos, que alumbraba –para bien o para mal– a un nuevo Perú. Nuestra generación vivió el éxtasis de aquellos momentos inenarrables, cuando sentíamos que marchábamos de la mano con la historia universal.

Ciertamente esos sueños se desvanecieron pronto. La realidad se enrumbaba por otras carreteras, muchos programas fueron inútiles y las traiciones no escasearon. La advocación de Víctor Andrés Belaunde, en su discurso de 1912,  a hacer Patria, continuará vigente para los nuevos peruanos.

Sin embargo, creemos que las emociones experimentas esos días, jamás dejarán de elevar nuestro espíritu. Y, por cierto, las preferimos, sin vacilar, al descorazonado ahora, al aquí sin ilusiones, al futuro decadente, que nos depara el confortable realismo que observa impávido la descomposición de la sociedad, la perpetua crisis en las alturas, la destrucción de lo púbico y el envilecimiento de la cultura. 

Por eso la partida física del maestro Jorge Avendaño, además de suscitar reflexiones varias, debe ser un estímulo para traer a la memoria el compromiso con el cambio, que otrora nos jaló con entusiasmo. Para hacer comprender a los actores de este tiempo, que la escases de esta voluntad –por infinitos motivos– no debe ser causa para dejar de postular su urgente necesidad, si queremos alejarnos del precipicio. 

 

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