El Bicentenario de la independencia es el marco para un profundo debate sobre el proyecto republicano que se fundara a inicios de la segunda década del siglo XIX. De alguna u otra manera, todas las aproximaciones son válidas para interpretar el momento que vive el país a solo pocos años de cumplir dos siglos de independencia. De allí por ejemplo, ha empezado un debate interesante sobre la promesa republicana hoy. De allí también, sostenemos que si bien esta promesa republicana está aún lejana de, la transformación social y económica que ha vivido el país -sobre todo en los últimos 60 años- indican que hoy más que nunca el Perú se asemeja a una república y a una nación. ¿Por qué aseguramos la anterior aproximación?
Antes de continuar vale primero indicar que el proyecto republicano jamás tuvo bases sólidas para consolidarse. ¿Por qué? Porque el proyecto republicano fue una invención en el aire y tuvo más aspiraciones que verdades. En la ciencia política se suele decir que no hay república sin ciudadanos. No obstante, aquella primera república creó formalmente dos países, dos repúblicas. ¿Cómo así? Si la base de la república es la ciudadanía, las bases en la que se fundó el Perú no estaban sólidas. También en la ciencia política se sostiene que la ciudadanía suele tener tres dimensiones, una trilogía de derechos sucesivas unas de otras en la que primero están los derechos civiles seguidos luego por los derechos políticos y después por los derechos sociales.
El proyecto republicano peruano fue endeble porque la primera base de la ciudadanía, es decir los derechos civiles (propiedad, contratos) solo fue para unos pocos privilegiados. Muchos de ellos herederos de la sociedad estamental del virreinato. En las primeras constituciones se indica de manera clara que solo pueden ser ciudadanos quien tiene propiedad o cuenta con educación. Por aquella razón el proyecto republicano nace trunco, porque quienes podían acceder a la propiedad y a la educación era una minoría. ¿Y el otro país? Ese país, ese inmenso Perú, de los andes y las llanuras amazónicas, fue reducido a una categoría inferior. El proyecto republicano era una promesa incompleta y fue también el inicio de la separación entre dos países, dos repúblicas y ninguna nación.
La primera preocupación de los primeros liberales republicanos era cómo fundar una república si no existía una sociedad de propietarios como –por ejemplo- en los Estados Unidos, (que contaba con una sociedad de propietarios más homogénea) Las primeras iniciativas por los liberales fue tratar de romper las comunidades campesinas pero ello produjo que no se organizara una sociedad de propietarios sino de latifundistas. El resultado: la población indígena huyó por encima de 3000 metros arriba, donde las tierras no eras productivas y fueron condenados a la pobreza. Sin duda el camino hacia el infierno está construido de buenas intensiones.
Esos dos países convivieron a pesar de la guerra con Chile. Algunos historiadores sostienen que si perdimos la guerra era sencillamente porque Chile era más nación, era una república donde los “estanqueros” de Portales le habían dado forma después de la guerra entre pipiolos y conservadores. No era casual que los estanqueros propongan la democratización de la propiedad a pesar de su conservadurismo. Fue Manuel Gonzales Prada, quien puso el dedo en la llaga. Algo no andaba bien en la república criolla peruana. En esa curiosa anécdota cuando con su catalejo Prada (como así le gustaba que le llamaran) vio que los peruanos huían de sus posiciones en San Juan y Miraflores, el maestro dijo que aquello no era el “verdadero Perú”. Ese otro Perú estaba detrás de los Andes.
Aún así, esos dos países, esos dos países de un solo nombre, Perú convivieron durante lo que se denomina la “República Aristocrática”. Casi al final de este periodo, entre 1915 hacia adelante, gracias al influjo de Prada, se intensifica un debate serio sobre el problema del “otro Perú”, del problema del indio. Surgieron entonces dos posiciones. Desde el conservadurismo criollo se dijo que la solución al problema era la educación. De allí la creación de la Asociación Pro Indígena, promovida por Pedro Zulen, curiosamente de origen chino. La otra corriente, la reformista liderada por Haya y Mariátegui, creyó siempre que el problema del indio era la propiedad de la tierra pero también el agua. La reforma agraria se encumbró como una propuesta. O era la educación o era la propiedad.
Luego de sendas migraciones del campo a la ciudad y de un proceso de urbanización entramos al velascato. Los intelectuales orgánicos creían que las bases coloniales en las que se alzaban el Perú criollo debían derrumbarse. Velasco no creó el socialismo pero de alguna manera su revolución creó una paupérrima sociedad de propietarios al otorgar pequeñas propiedades a los campesinos. De alguna manera he allí una revolución liberal de la propiedad. No obstante, el régimen no creyó jamás en las posibilidades del ciudadano-propietario sino del modelo de autogestión. De allí la creación de las cooperativas al estilo de los países del este europeo. El Perú tomaba un cariz plebeyo pero en ningún modo era socialista.
Luego de varias décadas, cuando el Estado criollo colapsó y sus marcos legales no se ajustaban a la realidad, emergió en nuevo homus económicos: el informal. Allí llegó el fujimorato que abrió al Perú al mercado libre y se dejó claro en la Constitución que ningún peruano sería excluido de la ciudadanía. Además, las reformas del fujimorato permitieron acercar –por primera vez- el Estado y el mercado a ese Perú andino y amazónico.
Hoy la república solo tiene un quinto de pobreza, no excluye de la propiedad y hay clases medias en las regiones como jamás en nuestra historia. Esta es la república plebeya y emergente.