El establishment (ese mundo intelectual, académico, periodístico) ha empezado a desarrollar y desplegar la siguiente idea: que la transición liderado por Paniagua -luego de la caída del fujimorato- fue un hitos, uno de los últimos acontecimiento democrático sucedidos desde hace tres década. ¿Por qué de pronto, ese mundo de lo establihsment desarrolla semejante idea? Por dos razones:la primera es que ahora es el momento preciso porque estamos a pocos años de celebrar el bicentenario de la independencia. La segunda es porque el establishment tiene un juego propio. En ese juego se intenta posicionar a Julio Guzmán como la reencarnación del sueño repúblicano.¿Por qué? Porque el sueño de los sectores “antis” es que ni el fujimorismo ni aprismo puedan asomarse al Bicentenario con alguna ventaje.
No obstante, es bueno decir que el despliegue mediático para posicionar a Guzmán puede ocupar toda una tesis. De allí que esa discusión es como se dice harina de otro costal. De lo que aquí se trata en realidad es de cuestionar eso que se intenta llamar la “transición paniaguista”. Lo cierto es que la denominada “transición paniagüista” estuvo lejos de ser una verdadera transición hacia la democracia. Todo lo contrario: su peor herencia ha sido que —durante tantos años— el espacio público se haya envenenado de esa absurda y falaz dicotomía entre fujimorismo y antifujimorismo que hasta hoy nos persigue.
¿Por qué la transición paniagüista tuvo enormes yerros? Porque aquella transición no fue nunca un proceso de encuentro con el otro, con el adversario. La transición paniagüista, organizada por la progresía de izquierda limeña, fue una revancha en sí misma. Es obvio que sería una locura justificar los yerros del fujimorato durante los noventa; no obstante, de eso se encargará la historia, y quien tenga la pretensión de hacerlo ahora quedará muy mal. En esa misma línea, nadie puede justificar el golpe autoritario de 1992, la corrupción (los vladivideos) o los casos puntuales de violación de derechos humanos. Como decimos; nadie en su sano juicio podría justificarlo.
Si la transición paniagüista hubiera sido un encuentro con el otro, con el adversario, el espacio público no se habría organizado en torno a la oposición fujimorismo y antifujimorismo. ¿Por qué? Porque una verdadera transición habría hecho posible la creación de un sistema de partidos postfujimorato en el que (¿adivinen qué?) el fujimorismo también habría podido organizarse en un partido político.
No puede existir transición sin revancha política. La transición es eso: la declinación del amigo-enemigo al reconocimiento del otro como adversario. Sin embargo, al fujimorismo, como se le hiciera al aprismo del siglo pasado, se le quiete negar la existencia, el derecho a erigirse como un partido cuya representación política depende de ese mundo ancho y ajeno, popular y emergente que el intelectual no quiere ver.