Juan Sheput y otros congresistas de primera línea del pepekausismo han emplazado al primer vicepresidente Martín Vizcarra a que se pronuncie y fije posición sobre una posible vacancia presidencial. En este escenario se ha deslizado la posibilidad de que el vicepresidente Vizcarra forme parte de una “componenda” cuyo objetivo es retirar a PPK de la primera magistratura. Es decir, se estaría desarrollando un golpe blanco.
Los pepekausas soslayan que existen razones suficientes para la vacancia presidencial. De allí que se ha formado un bloque multipartidario que estaría a favor de la vacancia presidencial. Ahora bien, a pesar de lo traumático del proceso de la vacancia presidencial, vale considerar que en el escenario que el Congreso retire del cargo a PPK, la ley contempla una legítima sucesión donde Vizcarra sería el próximo presidente. Ningún jurista o constitucionalista podría atreverse a negar todo lo anterior, ¿o sí?
Vale preguntarse, ¿cómo se originó todo este cambalache que ha puesto en un rompecabezas a la gobernabilidad? Como en todo hecho existen versiones absolutamente distintas. Por ejemplo, desde el antifujimorismo se ha desarrollado una narrativa potente en el que se indica que la fuerza naranja quedó herida luego de la campaña presidencial y la vacancia de PPK es una vendetta. En este argumento también se sostiene que el fujimorismo ha desarrollado una lógica de la confrontación amparada en su mayoría en el legislativo obstruyendo el rol del gobierno pepekausa.
Además se añade que el propósito del fujimorismo era la excarcelación de Alberto Fujimori y conseguido el objetivo todo volvería a su cauce normal.
No obstante, de alguna u otra manera los hechos han derrumbado todos los mitos construidos por el antifujimorismo. ¿Por qué? A juicio del suscrito hubo un intento de parte del gobierno aunado a la izquierda caviar y limeña para impedir que el fujimorismo desarrolle su papel de oposición mayoritaria desde el Legislativo.
En esta estrategia se juntó un sector de medios y periodistas antifujimoristas que desplegaron una intensa guerra de posiciones. Ello imposibilitó un acuerdo de gobernabilidad entre Ejecutivo y Legislativo. En este escenario se pensó que la excarcelación de Alberto Fujimori sería moneda de cambio para acallar a la fuerza naranja. Sin embargo, el indulto de Alberto no significó mucha ganancia. ¿Por qué? Porque la tormenta de Odebrecht no perdona a la clase política incluido a PPK.
Algunos analistas han llegado a insinuar que un Vizcarra presidente sería poco menos que un títere del fujimorismo. No obstante, ¿cómo puede garantizarse la gobernabilidad si dos fuerzas que lideran el Ejecutivo y el Legislativo se tranzan en una guerra sin fin? En el fujimorismo la cosa parece ser simple: un pacto de gobierno con Vizcarra significa que saque a la izquierda caviar que ha desarrollado una vocación estatal que se intensificó desde el gobierno nacionalista y continúa durante el pepekausismo.
Esta misma izquierda caviar ha imposibilitado una transición democrática que empezó en el paniaguato donde se trató de excluir al fujimorismo. La política se trata de pactar con el otro que no es igual a uno. Si ello no sucede, la política se vuelve una guerra abierta. Vizcarra tiene la oportunidad para conducir un gobierno donde no se vete ni excluye del pacto de la gobernabilidad a ninguna fuerza.