Punto de Encuentro

Un aprismo popular, radical y transversal

La noticia no es nueva. El diagnóstico tampoco. Quizá, y ya haya llegado el momento de un debate honesto. El APRA, se suponía, era el último partido cuya capacidad de organización era invencible, sin embargo, el partido de la Estrella sigue en una crisis interna cuya luz –vaticinan algunos- se apaga. Por allí dicen que va camino a la extinción. No es para tanto. 

En la ciencia política se suele decir que un partido representa, intermedia. Si un partido no representa el interés de una porción de ciudadanos entonces ya nada vale. Los sociólogos del mainstreem no han encontrado la solución para la crisis de representación política en el Perú. Han ensayado tantas fórmulas y ahora se suele creer que todo pasa por el legalismo y una reforma electoral que nos coloque como en Estados Unidos.

Pero la realidad siempre es aleccionadora. En este país ha pasado algo que el sociólogo aún no termina de comprender. ¿Qué es? Que hay un país emergente, mestizo, en su mayoría informal, de nuevas clases medias desclasadas que no desprecian el capitalismo y hacerse ricos. Así de sencillo. Ese Perú cholo y emergente tiene nuevas preguntas que los partidos contestan con respuestas del pasado. Por lo tanto, ese otro Perú no tiene una nítida representación política. Allí debería apuntalar el APRA. Volver a ese cariz de Frente Único como Haya lo concibió en su momento.

¿Por qué el APRA no fue un partido Leninista, de clase como sugiere el manual rojo? Porque Haya vio que el Perú -de los primeros años del siglo pasado- existía una inmensa demanda por representación política en las clases medias que había surgido por el boom de los minerales y la agroexportación de la República Aristocrática. Por aquel entonces, los partidos de la República Aristocrática representaban los intereses de Lima y algunas ciudades.

¿Por qué radical? La palabra asusta. El radicalismo no se inventó con el marxismo. Tom Jefferson, era un radical lockeano.

Con Laclau aprendimos que las palabras pueden ser re significadas, que son a veces significantes vacíos cuyo contenido va a depender de una nueva configuración de la política y la construcción de una nueva identidad. Por lo tanto, la palabra radical puede ser asuma sin vergüenzas, sin complejos. Puede ser re significada.  Haya de la Torre, enarboló una nueva radicalidad, distinta al marxismo leninista o al fascismo de Sánchez Cerro. Una nueva radicalidad que llevó por la vía democrática las demandas y exigencias de una sociedad peruana que había sufrido las consecuencias de la crisis económica que luego se acentuaría con el crack del 29. Por eso se hizo masivo, popular y plebeyo (dicen que hasta Felipe Pinglo fue aprista) 

Aún hoy el APRA podría promover una nueva radicalidad. Es decir, radicalizar la democracia, extenderla. Eso quiere decir también impugnar el Estado. Radicalizar la democracia no quiere decir estatizar sino todo lo contrario.

Que el ciudadano pueda participar activamente en la educación de sus hijos a través de las APAFAS y que tengan un co-control de la calidad de la enseñanza pública que ahora está en manos de los sindicatos. Radicalizar la democracia quiere decir también extender los Comités Locales de Administración de Salud (CLAS) que fueron exitosos en su momento. Eso no puede ser estatismo sino hacer valer la ciudadanía.

¿Y sobre la transversalidad? Es sencillo. Es crear una nueva frontera política. Es difícil explicar el mundo si solo tienes dos opciones: la izquierda y la derecha. Es un trabajo arduo situarte en la izquierda cuando el inmenso mundo plebeyo y popular cree en el mercado. De modo tal que  izquierda o derecha, que viene desde la Francia revolucionaria del siglo XVIII es una definición que no calza con la realidad de hoy. En Italia, por ejemplo, disculpen la comparación, pero dos extremos (Liga Norte y Cinco Estrellas) se han puesto de acuerdo para gobernar. ¿Existe allí la frontera izquierda o derecha?

Ahora toca una nueva transversalidad popular, plebeya.

Esa transversalidad debe ser asumida por quienes quieren una segunda República de ciudadanos o quienes quieren seguir viviendo del estado, es decir, el viejo mercantilismo que se opone a morir.

 

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