El lenguaje es indispensable para nosotros. El ser humano está atravesado por el lenguaje o el lenguaje está atravesado por el ser humano. Indiferente al orden de cuál atraviesa cuál, el lenguaje es inevitable. Como personas, más que recepcionar palabras recepcionamos discursos. Un sistema organizado de mensajes que delatan la relación del sujeto con significantes y objetos. Los cuales, al producir un sentido, estructuran las formas de lazo social. A grandes rasgos, podríamos decir que existen tres discursos: público, privado y personal. El primero, respondería a la opinión consensuada sobre un fenómeno u objeto, es decir, lo que socialmente se dice sobre algo. Donde la voz de unos pocos llega unilateralmente a los oídos de muchos, pues tiene como portavoces a personalidades de gran alcance. Como los periodistas con la sociedad. El segundo, el discurso privado, sería el intermediario entre el discurso público y personal mediante nuestros círculos inmediatos como el trabajo, familia, centro de estudios, amigos, entre otros. Estos espacios tienen fronteras delimitadas y el discurso puede ser dicho y escuchado por todos los del grupo: es una comunicación poliédrica. El último, el discurso personal, sería el relato que nos contamos a nosotros mismos. En el cual, nuestras vivencias y experiencias adquieren una carga valorativa más potente que en los dos anteriores. Estos tres discursos se retroalimentan y coexisten entre sí. De hecho, una condición axial del discurso es que existe en tanto otros lo hacen. Sin embargo, la fuerza y visibilidad que el discurso personal ha adquirido es un cambio reciente. Un ejemplo ilustrativo es el uso de Dióxido de Cloro. En Facebook y/o Twitter se leen largos textos que aseveran la efectividad de dicho producto como cura del Covid19. Y, en tiempos pos modernos, basta que una publicación se viralice para que adquiera validez y confiabilidad. Tanto así que un regidor pidió una Ley para su uso mientras que la comunidad médica se pronunciaba sobre su uso acientífico. Las redes sociales vuelven innecesario el pase a través del discurso privado y le quitan poder a los emisores tradicionales del discurso público. Que cada uno pueda expresar su relato personal ante una audiencia casi infinita, vuelve muy probable que un Otro al leerlo se identifique y lo comparta. En términos de oferta y demanda, hay tantas personas con experiencias por contar, como personas por leerlas. Donde cada relato encontrará un engranaje en alguien que haya experimentado algo similar. Como la mala atención de una entidad, los beneficios de una práctica, las desventajas de cierto alimento, el gusto a una comida, etc. Una curiosidad del argumento testimonial es que, por un lado, carece de sustento científico metodológico, por no ser partícipe de una investigación o de criterios de rigurosidad. Pero, por el otro lado, la experiencia contada en primera persona es tomada como verdad a priori, porque en teoría cada uno es experto de su propia vida. Y, al igual que cuando uno lee un libro, nunca se parte de la premisa que el narrador miente. En todo esto, las personas tenemos el desafío de reconocer que la experiencia personal (y subjetiva) sobre un fenómeno no es la experiencia única válida ni la única en tipicidad. Lo que requiere un ejercicio mental de estar más allá de uno mismo sin salir de sí.