Crisis de nervios tanto en la progresía como en la derecha
César Gutiérrez
La letanía de los señalamientos por actos de corrupción al presidente de la República, Pedro Castillo, su familia y entorno, ha pasado por el momento a un segundo plano, con la liberación de Antauro Humala, que se ha convertido en el centro de la noticia, y lo seguirá siendo en el futuro cercano, dada su predisposición a declaraciones altisonantes, confrontacionales y provocadoras.
Su liberación ha generado tres vertientes de comentarios: el origen de medida, la legalidad de ésta y las consecuencias en el enrarecido escenario político que vivimos.
Sobre el origen, hay quienes creen que es una estrategia gubernamental para desviar la atención centrada actualmente en las investigaciones judiciales que rondan palacio de gobierno, con el correlato en el Congreso de activar una enésima moción de vacancia. Me inclino por la teoría “que no hay plazo que no se venza” en lugar de los pensamientos conspiranoicos. Me baso en una anotación de agosto del año pasado del comentarista judicial del diario La República, César Romero, que afirmaba que dentro de un año, por el devenir de las resoluciones emitidas por la judicatura era inexorable la liberación de Antauro.
En cuanto a la legalidad, los juristas convertidos en actores importantes de la corriente de opinión, por existir una agenda política judicializada, no se ponen de acuerdo. Hay desde los que listan un conjunto de supuestas infracciones legales cometidas, hasta los que dicen que no hay observación alguna que hacer. En línea con mi apreciación sobre el origen de la medida, luego de leer y escuchar las opiniones abogadiles, y dentro de mi escaso conocimiento del derecho, me siento más cercano a los que no ven mácula en el fundamento legal. Percibo en la lista de lavandería de los críticos, más pasión que razón.
El punto más álgido de este tema está en las consecuencias futuras del accionar del activista del nacionalismo entendido a su particular manera. Tanto la progresía, que yo la veo como una derecha con discurso de identidad de género y ambientalismo; y la derecha pura y dura, han entrado a una crisis de nervios, que no se superará en el corto plazo con ansiolítico alguno.
Los progres, con poder muy menguado tanto en el Ejecutivo como en el Judicial, e inexistente en el Legislativo; ven que también perderían el escasísimo capital que les queda en la opinión pública, ante un personaje con discurso radical que tendrá adeptos en una gran mayoría que apostó en la dupla Cerrón-Castillo, por grandes cambios estructurales en el Estado, y que hoy se encuentran desencantados.
La derecha, sin liderazgo y rumbo, que ha perdido hasta el espacio de poder fáctico, perciben en Antauro el retorno a la prédica estatista, de nacionalización de recursos naturales y de Asamblea Constituyente; en pocas palabras “chavismo” del más alto grado de pureza. A esto se suma la posibilidad de convertirse en un aliado de Pedro Castillo y sus huestes, relanzando el gobierno y reorientándolo a su senda izquierdista de la era soviética, con la que ganaron la elección. Son cuatro años por delante que hay en este mandato gubernamental, donde las posibilidades de vacancia de remotas que es la situación actual pasarían a inexistentes, con posibilidades de perpetuación en el poder.
Hay una tercera corriente de opinión, que estima que su margen de acción está muy disminuido. El fundamento está en el análisis elaborado por el portal “El Foco”, sobre las disidencias y confrontaciones dentro del “antaurismo” primigenio, originadas en las elecciones parlamentarias de marzo del 2020, por disputas de cuotas de poder dentro de la agrupación que los llevó al Congreso, la trajinada Unión por el Perú, hoy sin inscripción como partido político.
La interrogante es ¿cuál será el derrotero que tomará el exmilitar retirado? La respuesta se sabrá en su próximo accionar, la realidad superará cualquier conjetura.