Punto de Encuentro

Recuerdos del Papa

Cuando san Juan Pablo II enfermó de gravedad en el 2005, recuerdo haber sintonizado una radio estadounidense católica mañana, tarde y noche, para enterarme del estado de su salud y para rezar con los locutores extranjeros que daban las noticias. Recuerdo haber llorado y haberle pedido mentalmente al santo padre que no nos abandone, que resista. Para mí el mundo era una especie de desierto en el que yo avanzaba casi a tientas. Al santo padre yo lo veía como a una luz que me guiaba en medio de esa oscuridad y me reconfortaba. No sabía qué iba a hacer sin mi luz, si, de pronto, esta estrella se apagaba. Me sentía terriblemente desdichada. Fui con mi hermana mayor a la catedral, mientras de vez en cuando escuchábamos la radio por el celular, cuando las campanas de la catedral empezaron a sonar con fuerza. No necesitaba que nadie me lo diga: Juan Pablo II había muerto y con él había desaparecido esa voz y esa sonrisa que me traían la calma. Esa mirada que me hacía creer que en algún momento todo iba a estar bien. Rompí a llorar en la catedral, no sabía qué hacer, me sentía como un niño pequeño al que lanzan de pronto a una ciudad desconocida. Por eso cuando Benedicto XVI salió a saludar a la multitud reunida en la plaza de San Pedro, ya como el nuevo papa, yo lo miraba con recelo, incluso lo llamaba por su nombre de pila y no por el nombre que asumió al tomar el cargo. Lo miraba como miraría un niño a su padrastro. Su mirada me parecía dura en comparación a los ojos sonrientes de Juan Pablo II, su voz se me antojaba demasiado meliflua y delgada en comparación a la voz potente de su antecesor y su sonrisa me parecía tímida sin visos de la confianza que me daba el anterior papa. Sin embargo, con el tiempo, aprendí a amar también a Benedicto XVI, comprendí que la Iglesia tenía una suerte infinita al ser guiada por él, por un hombre de una inteligencia portentosa, de un genio como pocas veces se ha visto en nuestros días. Al escucharlo, me di cuenta que era no solo firme defendiendo la fe, la familia y la vida, como no he visto a nadie hacerlo, con una claridad y una valentía infinitas en este mundo lleno de intolerancia, vi que no solo era firme, sino que su corazón estaba lleno de una dulzura y una bondad profundas. Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron los últimos bastiones de la Iglesia. Me siento muy afortunada de haber sido testigo de su accionar en la tierra, pues no eran hombres comunes, eran una especie de titanes. Al verlos, no me quedan dudas de que Dios magnifica las fuerzas de los hombres; solo mediante la fe y el temple que de ella proviene pueden lograrse semejantes proezas.

Una vez, en el año 2008, intenté enviarle al papa Benedicto mi primera novela por medio de un periodista italiano que lo frecuentaba y que vino a la Feria Internacional del Libro. El escritor se negó a llevar la novela, pero por medio de él supe algunos detalles del santo padre que lograron que su figura se me hiciera más familiar, pues, al igual que yo, Benedicto XVI disfrutaba de la música de Bach, de los libros de Dostoievski, y amaba la poesía, a los gatos y el sabor delicioso de una botella de Fanta. Cierta noche soñé que encontraba al santo padre en una callecita antigua de Roma, él iba de incógnito, con un sombrero negro de ala ancha, pero su sonrisa tímida era inconfundible. Me le acerqué de puntillas en el sueño. Entramos ambos a una librería de segunda mano, él estaba husmeando viejos tomos; le dije que le había reconocido y él me invitó a acompañarlo a una casita con calefacción, donde remoloneaban un par de gatos junto a una pequeña chimenea y los estantes estaban llenos a rebosar de poemarios y novelas rusas. El santo padre puso en un tocadiscos una cantata de Bach y me pidió que me sentara a disfrutar de tamaño banquete en uno de los sillones, mientras, de vez en cuando, bebíamos sorbitos de Fanta de naranja. Una casita así debe tener ahora en el cielo, donde alguna vez espero poder llegar para presentarle mi más rendido respeto. Descansa en paz, querido santo padre. Gracias por darnos todo de ti: tu corazón, tu mente, tus fuerzas, en fin, el regalo brillante de tu vida. Gracias por ser un ejemplo y una guía en medio de la oscuridad del mundo.

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