Este 28 de julio, el sueño de todo caviar es oír un mensaje en el que la Presidenta renuncie al cargo y convoque nuevas elecciones. Algo poco probable pero que sucede en el cerebrito mononeuronal de la Vero, la Tesorito y Gaela, quienes esperan con una caja de chelas, en un bar del centro de Lima que se confirme la noticia que ante la presión internacional y la protesta ciudanana, a la Presidenta y a su premier no les quedó otra que renunciar y tomar un avión rumbo a China, Corea del Norte o cualquier otro país violador de derechos humanos. ¡Salud por la derrota de la ultraderecha y del fujicerronismo! ¡Palmas, compañeras! celebran las más entusiastas.
Luego de la caída del régimen, se forma una nueva Comisión de la Verdad, con el aval internacional de la CIDH y se condena a los acusasos: presidentes, ministros, congresistas y policías. Se cambia la Constitución y volvemos a empezar de cero. Se crea un Estado Plurinacional con varias naciones en litigio que luego reclamarán su independencia, se empodera a las plantas, a las bestias, a las máquinas, a los niños y a todo lo irracional o aquello que todavía no poseé racionalidad, se persigue a la razón y se le declara la guerra a la verdad, en nombre de la ciencia y la cuarta revolución digital. Es el fin de la humanidad y, claro, el fin de la peruanidad, pero los caviares celebran la extinción con deleite misantrópico (detrás de todo caviar, hay un misántropo escondido).
Algo más por lo que debemos celebrar este 28 de julio es que toda esta enfermiza distopía todavía es un lejano sueño. Un transtornado sueño.