Luis Angel Elescano Paz
«El Perú es un país de los hechos consumados», decía «el califa». Si le pidiéramos a don Nicolás de Piérola (1839-1913), hiperbólicamente hablando, de que nos describiera en sendas palabras, seguro que lo de «desconcertadas gentes» le quedaría corto.
Sí, en particular, creemos que estamos tocando fondo, pues, resulta preocupante que la «síntesis» de la teoría hegeliana, nos imponga, en nuestro «espacio y tiempo histórico», a una clase política que todo lo ha pervertido. Hace poco, el excongresista Víctor Andrés García Belaunde, señaló, en una entrevista que le hizo un diario local, nunca haber visto «un Parlamento tan deteriorado, tan poca cosa, tan de bajo nivel».
Pero esto no es lo peor. Lo nocivo de todo esto, es que la población peruana, pasible de esa demagogia política o de lo que la antropóloga británica Lucy Philip Mair (1901-1986), calificó como un «sistema de lealtades asimétricas», normalice lo anormal; es decir, que empiece a canalizar a toda esta podredumbre política como algo natural. Mucho cuidado con ello. Ya hemos visto, como han terminado algunos pueblos latinoamericanos que apostaron por un «Josué» que los llevara hacia la «tierra prometida», a ese paraíso donde no existiesen las «desigualdades» ni los contravenimientos en la «distribución de la riqueza».
¡Cuidado! No es ficción. No estamos ante una distopía «orwelliana»; estamos ante hechos que han sido impulsados por los mismos peruanos, por aquellos sectores que solo buscan atornillarse en todas las superficies del poder, por aquellos que han comercializado la educación universitaria, por aquellos «académicos» que se creen dueños de la verdad absoluta, por aquellos que han lotificado la administración pública como si fueran sus «chacras», por aquellos que utilizan los mecanismos judiciales para emprender venganzas personales, por aquellos persecutores políticos que, frustrados por su infortunio, embisten a los cuadros que brillan con luz propia; en fin, por todos aquellos que nos han llevado a esta embarrada (utilizo este término para reemplazar a la palabra que el lector seguro ha advertido).
Así, como diría el gran politicólogo italiano, Giovanni Sartori (1924-2017), «[estamos] en manos de políticos ignorantes, que no conocen la Historia ni la cultura. Solo se preocupan por conservar su sillón […]». O como diría el benemérito Max Weber (1864-1920), sobre los políticos (el término, en nuestro contexto, les queda grande a nuestras autoridades y parlamentarios) que «viven de la política», los cuales, en sus términos, no son más que «prebendados», es decir, que no son más que «funcionarios a sueldo». En palabras llanas, estamos en un «barco a la deriva», en un derrotero de peripecias políticas que todavía no encuentra a esa generación de políticos que tome «al toro por las astas», y haga tiritar a los que han hecho «del gobierno y de la política», como bien decía el gran Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), un «vil negocio culpable».