Luis Angel Elescano Paz
Las polarizaciones políticas que sobresalen en los contextos electorales, no solo obedecen a la convulsión de la contienda política. Una historia mal contada o manipulada, también exacerba los ánimos de los ciudadanos y los induce a tomar decisiones equivocadas.
La pluralidad de ambiciones personales y laborales, ha ocasionado que algunos investigadores y diversos periodistas, sostengan una narrativa histórica que enaltezca las acciones políticas en algunos actores, y condene las mismas acciones en otros. Sin recurrir a bulos ¿Acaso José Rufino Echenique no es considerado el presidente más corrupto de la historia del Perú? ¿Acaso Ramón Castilla no es considerado el mejor presidente de la historia del Perú del siglo XIX?
¿Pero cómo es que estos argumentos han subsistido en el tiempo a pesar de las evidencias que demuestran que su contenido ya no es tan exacto?
En «Microfísica del Poder», Michel Foucault (1926-1984), decía que las verdades se imponen, que «cada sociedad tiene su régimen de verdad, su política general de la verdad». En virtud de ello, es de indicar que, el autor de «Vigilar y Castigar», precisaba que la «verdad» aludida en su investigación, no se trataba de una «verdad» en términos abstractos (metafísicos), sino de una «verdad» asociada al «conjunto de reglas según las cuales se discrimina lo verdadero de lo falso y se [sujetan a los] verdaderos efectos políticos del poder».
Desde esa óptica, las dictaduras militares en el Perú, necesitaron de la imagen de los «patriotas» de «antaño» para enaltecer sus proezas militares e imponer en la mentalidad colectiva de todos los peruanos, la idea del «gendarme necesario» (el término es del historiador inglés John Lynch), del «soldado de la Ley» que conduzca los destinos de la «patria» sin mayor cuestionamiento. En «La creación del líder perfecto», el historiador peruano Francisco Quiroz, descifró los intereses políticos que estaban detrás del enaltecimiento de Ramón Castilla, del «patriota» que levantó «el estandarte de la Ley y la Moralidad» en el Perú del siglo XIX.
En cambio, la construcción de la imagen política del presidente más corrupto de la historia del Perú, no ha sido cuestionada ni descifrada, es un asunto cerrado para los investigadores que se han empeñado en sostener una narrativa «moral» sobre la actuación política de Ramón Castilla, frente al gobierno «inmoral» de José Rufino Echenique, aun cuando, existen evidencias que en el gobierno «castillista» de la «moralidad», se realizaron las mismas prácticas políticas que en el gobierno «echeniquista» de la «inmoralidad».
Para los peruanos que no cuestionan la interpretación de las teorías que determinaron que uno fue corrupto y el otro no, les resulta difícil comprender que, en política, la «moral» se acomoda a los intereses del actor cuando de por medio se encuentra la consecución o la conservación del poder político. Si se revisara con detenimiento la actuación política de ambos actores, más de uno concluiría que los dos tomaron decisiones en función de sus propios intereses políticos (no «morales»), y no sobre los intereses de la nación, como hasta ahora, increíblemente, se nos ha hecho creer a través de la historia.
Ahora bien, en este contexto electoral y de crisis política, resulta que los candidatos tienen que ser unos «santos», cuando menos, «casi santos», sudar «agua bendita» y no haber transgredido ninguna tipificación «moral» en un país en el que sus habitantes, en mayor o en menor medida, han «pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión». Los que promueven estas sartas de «inconductas» son los mismos que promovieron candidatos en las elecciones anteriores, son aquellos que, valiéndose de sus «verdades» históricas, y según su conveniencia, defendían a unos y condenaban a otros.
En esa línea, es meritorio cuestionar la interpretación que algunos investigadores y periodistas, han tenido en relación a los hechos políticos de los últimos cuarenta años, periodo en el que han decidido, como poseedores de la «verdad absoluta», quienes fueron corruptos, quienes fueron buenos o malos gobernantes, y quienes debieron subsistir o dimitir del poder. En ese extremo, la difusión de esas «verdades absolutas», son las que han contribuido con la polarización de las opiniones de los peruanos, creando un escenario adverso y confuso en aquellos ciudadanos que no recurren a conceptos y teorías al momento de emitir sus votos, sino a las publicaciones que de manera inexacta son difundidas por las «guaripoleras» que viven del Estado, y que se alinean con sus «servicios» a cada gobierno de turno.
En resumidas cuentas, mientras los peruanos no aprendamos a cuestionar las teorías expuestas por los poseedores de la «verdad absoluta», no tendremos una posición crítica que demuestre nuestra capacidad de discernir y de tomar nuestras propias decisiones, de tomar las riendas del país con responsabilidad en base a nuestras convicciones, y no en función de las «verdades» que se escriben con «medias tintas». Estamos afrontando unas «horas de lucha» muy difíciles, de las decisiones que tomemos en las próximas elecciones, dependerá el futuro político del Perú y de nuestros destinos, hagamos un esfuerzo y, en consecuencia, emitamos un voto responsable, sin odios ni prejuicios políticos.