Hungría, ubicada en Europa Central, es un país sin salida al mar con casi nueve millones y medio de habitantes y una población mayoritariamente cristiana. Tras más de una década y media en el poder, Víktor Orbán ha dejado el cargo de primer ministro y ha transferido el poder a Péter Magyar, líder del partido Tisza, cuyo nombre proviene de uno de los principales ríos del país. Magyar llega al gobierno impulsado por el desgaste acumulado de Orbán y por una serie de problemas coyunturales que terminaron por erosionar su base de apoyo en el llamado "país de los magiares".
Hungría es una república parlamentaria democrática en la que el primer ministro conduce el poder ejecutivo, tal como lo hizo Orbán durante dieciséis años. El país se incorporó a la Unión Europea en 2004, aunque mantuvo una relación estratégica cercana con Rusia, vínculo que se convirtió en uno de los factores centrales del declive político de Orbán.
Péter Magyar es un político formado en las filas del Fidesz y surgido de la burguesía política húngara. Su trayectoria dentro del partido de Orbán no le impidió construir un perfil propio: centra su discurso en un conservadurismo moderado, se muestra crítico de ciertas políticas de la Unión Europea y, al mismo tiempo, rechaza la alineación de su predecesor con Moscú. Su abuelo fue magistrado del Tribunal Constitucional, lo que le otorga un peso simbólico dentro de la tradición institucional del país. Magyar ha logrado generar consensos amplios y se ha convertido en una figura con proyección nacional.
Es probable que esa formación política explique, al menos en parte, cómo logró hacerse del poder. Aunque algunos analistas lo señalan como una continuidad del orbanismo, Magyar ha construido coaliciones con partidos y organizaciones de tendencia conservadora, entre ellos Alternativa para Alemania y Reconquista de Francia, agrupaciones que abogan por una reconfiguración de Europa en torno a la defensa de valores que consideran amenazados. Redirigir esa agenda en clave de gobierno será, previsiblemente, uno de los desafíos centrales de su gestión.
Los retos del nuevo primer ministro
Según especialistas y analistas políticos, los dieciséis años de Orbán al frente del gobierno dejaron una huella profunda en las instituciones húngaras. La politización del sistema judicial y la captura de organismos clave de la administración de justicia son herencias directas de ese período. Magyar deberá, además, gestionar la reversión de sanciones impuestas por la Unión Europea, contener la inflación que afecta a los húngaros y mejorar las condiciones económicas generales. A ello se suma la necesidad de desmantelar las redes de poder construidas durante el gobierno anterior, fortalecer los lazos con la OTAN y la Comisión Europea, y ampliar el reconocimiento de derechos a minorías, incluida la comunidad LGBTQ+.
El legado de Orbán
Durante casi dos décadas, Hungría fue objeto de cuestionamientos sostenidos en el escenario europeo. La propuesta conservadora de Orbán, centrada en la defensa de la familia tradicional y en el rechazo al progresismo y la llamada cultura woke, lo convirtió en una figura incómoda para buena parte de los líderes del continente. Sin embargo, ese mismo modelo posicionó a Hungría como referente del conservadurismo europeo. Sus políticas migratorias restrictivas, orientadas a limitar el ingreso masivo de población musulmana, encontraron respaldo en sectores que comparten esa visión. La defensa de los valores tradicionales, en un contexto de transformación acelerada de las sociedades occidentales, fue el eje articulador de su gobierno.
Que Magyar logre reorientar el rumbo de Hungría es, para muchos, un objetivo deseable. Sin embargo, resulta difícil ignorar que, más allá de las críticas que pesan sobre Orbán, el país registró avances concretos durante su gestión. Lo que venga a continuación dependerá, en buena medida, de si Magyar es capaz de trascender la formación política que lo forjó o si, como sostienen sus detractores, simplemente representa una versión renovada del mismo proyecto.